¿Por qué Tarzán prefería a Chita que a Jane?

La Teoría de la Evolución ha sido un regalo de Dios (paradójico…), todos lo sabemos. Pero lo que puede que muchos nos sepáis, y me incluyo hasta hace unos días, es que dio lugar a experimentos insospechados en nombre de los avances científicos.

El 1 de agosto de 1870, la madre patria rusa vio nacer al que sería, quizá no uno de sus más renombrados biólogos, pero sí, uno de los más insospechados especímenes humanoides: Ilya Ivanovich Ivanov.

Este especialista de la reproducción asistida no será recordado por perfeccionar la inseminación artificial en caballos, como debía esperar su incondicional madre, sino por ser el primer “Doctor Moreau” (en este caso sin isla propia) conocido.

Ivanov debió creerse a pies juntillas eso de que venimos del mono. Tanto, que su objetivo principal en la vida fue conseguir un híbrido entre ambas especies: el “humono” (en inglés: humanzee).

Pero, ¿cómo demonios puede una universidad o un gobierno permitir semejante atrocidad?, me pregunté yo mientras leía sobre el tema. Cuál fue mi asombro al saber que el propio gobierno ruso estaba más que dispuesto a patrocinar esta animalada.

El gobierno marxista de la época estaba convencido de que la creación de un híbrido humano–chimpancé sería definitivo para darle en todos los morros a esos cristianos fundamentalistas estadounidenses. Como veis, las cosas no han cambiado tanto en estos últimos 100 años…

Así que, una vez obtenido el dinero, la autorización de un gobierno deshumanizado y un par de sujetos experimentales “voluntarios”, Ivanov se puso manos a la obra.

El 28 de febrero de 1927, con alevosía y premeditación y un absoluto secretismo, Ilya, ayudado por su hijo (hijo que necesitaría terapia después de esto, fijo), intentó inseminar con una muestra humana a Babette y Syvette, dos hembras de chimpancé, que supongo jugaban alegremente sin saber lo que se les venía encima… El intento fue, afortunadamente, fallido. Pero lo que cuenta es la intención…

Pensareis que este buen hombre se fue entonces a su casa y se bebió una botella de whisky tras ver que su intento de embarazamiento monil había fracasado y que desistió de sus absurdas ideas, supongo. Nada más lejos de la realidad.

“Ilya Junior (supongo que así llamaría a su hijo…), me aburro mucho en esta aciaga tarde de verano, ¿por qué no intentamos inseminar a una hembra humana con semen de mono? ¡Parece divertido!”. Dicho y hecho: Eligió a un orangután macho llamado Tarzán (poco original, lo sé) para insertar su fluido seminal dentro de una inconsciente mujer (que no “mujer inconsciente”). La parca se llevó al pobre Tarzán antes de que tamaña desfachatez tuviese lugar. Algunos creemos que se suicidó…

Respirad tranquilos, ahora que sabéis que éste particular Dr. Frankenstein no consiguió hibridarnos con los monos. Otras especies aún no pueden dormir tranquilas.

Si, finalmente lo intentó y lo logró: híbridos de cebra y burro, de bisonte y vaca, de antílope y vaca, de ratón y rata, y un largo etcétera (que podría ser el nombre de otro de sus híbridos). El reino animal no estaba a salvo del acecho de este científico.

Cual Clarise, aún escucho a los corderos chillar en la oscuridad de la noche…

Fuente: Rossianov, K. (2002). Beyond species: Ilya Ivanov and his experiments on cross-breeding humans with anthropoids apes. Science in context, 15 (2), 277-316.