Rómpeme el corazón si tienes…

“Me han roto el corazón”, una frase tan manida como aparentemente metafórica. ¿O quizá no? ¿Y si fuera verdad que cada vez que nos rechazan se nos rompiese el corazón? Algunos como yo, ya tendríamos hueco donde guardar la cartera.

Este descubrimiento me produjo gran desazón sentado en un auditorio en el que junto a la mitad de la audiencia dormida, y con sus corazones a salvo, escuchaba qué ocurría cuando me sentía socialmente rechazado. El hombre que me estaba abriendo los ojos al terrible mundo de los marginados sociales y los enamorados sin esperanza era  Maurits van der Molen, profesor de la Universidad de Amsterdam.

Este profesional descorazonador de masas afirmaba que el rechazo social y amoroso provocaba daño literal en nuestros sanguinolentos corazones. Ser rechazado por la persona que te gusta no sólo es hiriente y vergonzoso sino que, además, te baja la tasa cardiaca.

Para argumentar este hallazgo, Van der Molen, nos mostró (a los otros dos asistentes despiertos y a mi) cómo un dolor psicológico puede traducirse en un desastre físico.

En un experimento llevado a cabo por este investigador y su equipo pidieron a una serie de participantes voluntarios una foto suya con la excusa de mostrársela a estudiantes de otra universidad para que éstos aportasen sus primeras impresiones sobre los voluntarios según su aspecto.

En realidad esta historia era sólo una tapadera para el experimento real. Van der Molen y compañía pedían después a los voluntarios que se dejasen hacer un electrocardiograma mientras miraban fotografías de aquellos supuestos estudiantes por los que habían sido evaluados.

Mientras se les medía la tasa cardiaca debían adivinar si a ese estudiante, cuya foto observaban, le habían causado buenas o malas impresiones iniciales.

Evidentemente, ningún estudiante de otra universidad había dado ninguna opinión sobre ellos, pero cada uno de ellos recibió la correspondiente información de “este estudiante ha tenido buenas impresiones al ver tu foto” o “éste sufrió escalofríos y espasmos al ver lo feo que eres”.

La simple espera antes de recibir las opiniones de los demás sobre uno mismo ya produjo en los participantes una bajada brusca de la tasa cardiaca. Imaginaos, cada vez que nos presentan a alguien nuestra tasa cardiaca se convierte en el Dragon Khan. Para qué ir a un parque temático si puedes ir a un pub…

Si eso ocurre mientras esperamos, mejor no pensar en lo que ocurre cuando sabemos que no le hemos gustado a alguien (y eso que mandé mi foto de perfil de FB, esa en la que estoy tan sexy…). Obviamente, nuestra tasa cardiaca termina al nivel de la Fosa de las Marianas y cuesta más recuperarla que la Play cuando la coge tu hermano pequeño. Además, cómo sabiamente apunta el refrán, “Cuanto más crees que le has caído bien a ese tipo y no es así, más dura será la caída”. Vamos, que tu tasa cardiaca se queda al nivel de la de un oso hibernando.

Pero, no sólo nuestro corazón muestra el dolor de ser rechazado. También nuestro cerebro lo hace. Aquellas zonas cerebrales que se activan frente a un dolor físico, también lo hacen frente a un dolor psicológico. Así que puestos a sufrir, yo elegiría participar en Jackass antes que ser rechazado por una modelo de Victoria Secret. En fin, decidid vosotros mismos.

Para más información: Moor, B. G., Crone, E. A. & van der Molen, M. V. (2010). The Heartbrake of Social Rejection: Heart Rate Deceleration in Response to Unexpected Peer Rejection. Psychological Science, vol. 21, 9, 1326-1333.

Éste cogió un huevo…

No sé a ti, pero a mí mi madre me hizo mirar mis manos con otros ojos diciendo aquello de “Éste cogió un huevo, este lo coció, este lo peló, éste le echó la sal, y éste, chiquito, chiquito, se lo comioooo”. Luego crecemos y, por supuesto, comemos huevos con nuestras manos, pero también hacemos cosas mucho más interesantes. Mírate bien las manos, que hoy te voy enseñar a apreciarlas más si cabe (incluso más que cuándo te lesionas una y otro tiene que atarte los cordones de los zapatos).

Si te pregunto para qué sirven cada uno de los cinco dedos me responderás:
–    Pulgar: Para decir “Me gusta” en el Facebook
–    Índice: Para levantarlo cuando quiero responder a una pregunta en clase
–    Corazón: Si, para eso tan obsceno que hacen algunos conductores a otros conductores
–    Anular: Para ponerme el anillo que me esclavizará de por vida junto a mi domadora
–    Meñique: Para estirarlo cuando cojo una taza de té (para sentirme un poco posh)

PIIIIIIIII: Respuesta incorrecta! Nos queda mucho por aprender. Veamos:

1.    El que cogió el huevo (A.K.A. pulgar)

Quizá el mayor regalo que nos ha otorgado la evolución junto con nuestro cortex frontal. Gracias a él podemos alzar nuestras copas y brindar por Darwin. Su nombre viene del latín pollex¸ y, sí, evidentemente tenía un significado fálico, de ahí que estuviese dedicado a Atenea.

Sus usos son sumamente contradictorios, ya que puede significar desde un “Todo va genial” hasta un “Vete a tomar por…” (al menos en países anglosajones). Así que, amigos, tengan cuidado cuando le pongan un “Me gusta” a un amigo british en su FB…

2.    El que lo coció (A.K.A. índice)

El dedo más utilizado (y no sólo para hurgarse la nariz en un semáforo…). El más independiente y preciso. El Billy el Niño de los dedos, por algo se usa para disparar el gatillo. ¿Qué hubiese sido de E.T. sin él? Encender el dedo corazón habría quedado un poco obsceno…

Es claro el significado de su nombre, “el que indica”. También ha sido llamado con otros nombres en distintas culturas y épocas: el “dedo del gatillo”, el “dedo napoleónico” e incluso, el “dedo del veneno” porque se le creía venenoso.

En el 45 % de las mujeres es el segundo dedo en longitud, tras el corazón, mientras que sólo lo es en el 22 % de los hombres. Esta diferencia entre géneros no tiene una explicación del todo satisfactoria, aunque, el psicólogo británico John Manning afirma que se debe a la cantidad de testosterona prenatal: los hombres que han recibido más testosterona durante el embarazo de sus madres tienen el dedo anular más largo que el índice.  Es inevitable pensar en la relación entre la largura de dichos dedos y la fertilidad o el tamaño del miembro masculino. Y es inevitable mirarse las manos después de leer esto…

3.    El que lo peló (A.K.A. corazón)

Mi favorito en cuanto a nombres se refiere: Medius, Impudicus, Infamis, Obscenus… entre otros.

Utilizado para gestos obscenos desde época de los romanos. Actualmente parece seguir siendo una lengua romance muy vigente. Pero, ¿de donde viene ese gesto tan obsceno para el que utilizamos el dedo corazón? (confiésalo, tú tampoco lo utilizas para otra cosa…). Pues como casi todo lo obsceno, del miembro masculino, que se yergue en medio de los dos testículos (índice y anular). Lo paradójico es que ahora también lo usen las mujeres…

Pero, más paradójico es que los católicos lo usen como símbolo de Cristo y de la salvación. Ahí queda eso para la reflexión.

4.    El que le echó la sal (A.K.A. anular)

En época de los romanos se le llamaba “digitus medicus”, por creerse que tenía contacto directo con el corazón (esta vez me refiero al órgano) a través de un nervio. Por ello removían todos los medicamentos y ungüentos con este dedo. En la época medieval incluso se pensaba que las heridas sanaban sólo con tocarlas con el anular (curasana, curasana, culito de rana…). Es el dedo más inactivo y menos independiente de todos (de ahí que a algunos nos cueste hacer el saludo vulcaniano).

Y precisamente por ser el menos independiente y claramente “anular” a la esposa, se eligió como dedo dónde poner el anillo de boda, también en época de los romanos (¡Están locos estos romanos!).

5.    El que se lo comió (A.K.A. meñique)

Este dedo se llamaba en latín minimus (“el mínimo”) o auricularis (aquel dedito con el que nos limpiamos la oreja). Otra cosa que tenemos en común con los romanos, la forma de limpiarnos las orejas. En realidad esta acepción nace de la creencia mística de que si nos tapamos las orejas con los meñiques aumentaremos la probabilidad de tener una experiencia psíquica sobrenatural.

Y, si, estirar el meñique cuando se bebe en taza es una cursilería. Pero, en el siglo XIX, movimientos femeninos se apropiaron de este gesto para mostrar su independencia sexual. Y lo hacían mientras tomaban el té, como forma subliminal de apoyar la igualdad de derechos sexuales. Habría que ver si la reina de Inglaterra estira el dedillo en el té de las cinco…

Las manos como un todo también son dignas de analizar. Mientras que los hombres utilizan muchos de los gestos simbólicos de los que he hablado, las mujeres utilizan movimientos más amplios de sus manos para acompañar sus palabras. Y mientras las mujeres hacen eso, los hombres se meten los meñiques en las orejas…

Todos tenemos dos manos aparentemente iguales, pero ellas tienen personalidad propia. Las mías han escrito esta entrada. Espero que las tuyas hayan levantado el dedo pulgar tras leerla.

Fuente: D. Morris (2004). La mujer desnuda. Madrid: Ed. Planeta

Don´t worry, be happy

Imaginemos la siguiente situación: Hoy mismo, Peter Smith gana en la lotería la friolera de 314 millones de dólares. En ese mismo instante, su vecino John White sufre un accidente de tráfico y queda parapléjico de por vida. Un año después quedamos con ambos para tomar un café y les preguntamos: del 1 al 10, ¿en qué medida sois felices?

Yo lo tendría muy claro, o eso pensaba hasta que leí el resultado de una investigación llevada a cabo en EEUU (otra cosa no, pero de investigar los americanos saben un rato…). Es lógico pensar que aquellos que ganan la lotería se sienten más felices que aquellos que se han quedado parapléjicos. Pero nada más lejos de la realidad… Después de un año, ambos grupos de personas, aquellos que habían ganado la lotería y aquellos que se habían quedado parapléjicos, manifestaban un nivel de felicidad similar.

Daniel Gilbert, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard, tiene, lo que yo considero como, el secreto de la felicidad. Este estudioso y su equipo centran sus investigaciones en dos conceptos psicológicos dignos de divulgar y que espero que os ayuden, como lo han hecho conmigo, en vuestra personal búsqueda de la felicidad.

1.    Sesgo o prejuicio de impacto, o lo que es lo mismo “Si me dejas, me moriré”: El ser humano tiende a sobrestimar el impacto que tienen los eventos, tanto negativos como positivos,  en nuestras vidas. Da igual que te haya dejado tu pareja, hayas perdido un trabajo o hayas sufrido un accidente de tráfico…tres meses después estarás de nuevo preparado para ser feliz.

2.    Felicidad Sintética (lo que viene siendo felicidad de plástico…): La mejor forma de explicar este concepto es con uno de esos experimentos científicos que tanto me gustan:
Imaginemos que pedimos a un grupo de personas que ordenen de mayor a menor por orden de belleza unos cuadros de Monet. Tras hacerlo les comentamos que para agradecer su participación en este experimento les regalaremos una de esas láminas, la que elija entre las dos disponibles que tenemos.
Unos días después les pedimos que reorganicen de nuevo los cuadros de Monet por preferencia, incluyendo aquel que dicha persona pudo llevarse a casa. ¿Adivináis qué pasará? Elemental, querid@ Watson: ese amante de Monet colocará la lámina que se llevó a casa en mejor puesto y aquella que había desechado en una posición inferior de preferencia que unos días antes.
Qué simples a la par que prácticos somos!!! Conseguimos ser felices con las opciones que tomamos, valorándolas incluso más que aquellas opciones que desechamos aunque fuesen igual de buenas. Esto es a lo que se refiere Gilbert con sintetizar felicidad.
Pero podríais decirme, con razón: lo que pasa es que esta gente quiere evitar tener disonancia cognitiva (traducido al cristiano: sentirse muuuu tonto) y dice lo que cree que los demás quieren oír, que ha cogido la lámina más bonita del mundo y tiene un gusto exquisito en lo que a pintores impresionistas se refiere. Pues no, padawans de la felicidad, hubiesen colocado la dichosa lámina en el mismo orden de preferencia incluso si no hubiesen recordado cuál se habían llevado a casa. Esto es lo que pasa cuando regalas láminas de Monet a gente con amnesia: ¿Monet, quién es ese? ¿un corredor de F1 catalán?

¿Qué diferencia hay entre la felicidad natural y la felicidad sintética? De nuevo Gilbert lo explica muy bien: la felicidad natural es la que te produce obtener aquello que querías, la felicidad sintética es aquella que producimos cuando no obtenemos lo que queríamos. Ambas son igual de intensas. Ambas nos harán reír, soñar y oxitocinar por igual.

Así que, no sobrestimemos las cosas malas de la vida, señores, y produzcamos felicidad como si de una fábrica de tornillos se tratase. Que ya lo dice la Declaración de la Independencia de los EEUU (y Will Smith en una peli…): todos los hombres  son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.