Paul Sherman, Calle Wallaby, 42, Sidney…

Este fin de semana, entre copa y copa en un garito bilbaíno, un amigo me contó una experiencia personal que, a pesar de saber que expongo mi lado más freak, es envidiada por la parte sádica de mi córtex cerebral.

Mi amigo D. M. entraba en Picos de Europa con su bici cuando se topó con un bache con muy mala leche. Cayó al suelo, golpeándose la cabeza. Se incorporó, sin aparente mayor daño que algunas magulladuras (entre las que se encontraba una costilla rota) y reiterando a sus compañeros de viaje: “creo que me he golpeado la cabeza”.

Sí, he dicho bien: reiterando. Cada 30 segundos repetía la misma frase y se quitaba y se ponía de nuevo el casco. Igualito que un LP ochentero en el que se ha enganchado la aguja del tocadiscos. Y así durante 12 horas. 12 horas durante las cuales no era capaz de retener ninguna información y cuya conducta reiterativa asustaba a propios y extraños.

Mi amigo D.M. no es de esos que suele repetirse, la verdad. A no ser que previamente se haya golpeado la cabeza. A no ser que padezca lo que los psicólogos llamamos amnesia anterógrada.

Muchos de vosotros ya conocéis el término amnesia (no, no vale que hayáis ido a Ibiza y ahora pretendáis olvidarlo…). La amnesia anterógrada es un tipo concreto de amnesia que se caracteriza por la incapacidad de guardar información nueva a largo plazo. Es decir, no recordamos aquello que nos ha ocurrido en los últimos minutos u horas.

Aunque, gracias a los dioses del Olimpo, la amnesia de mi amigo D. M. duró 12 horas, esta patología puede tener duraciones muy variables y en algunos casos es irreversible.

Suele tener lugar tras un daño cerebral considerable en alguno de nuestros dos lóbulos temporales (esa parte del cerebro que está más o menos encima de nuestras orejas) y específicamente en el hipocampo (caballito de mar de nuestro cerebro).

El hipocampo es la zona de nuestro cerebro en la que la información que aprendemos se consolida y se convierte en un recuerdo a largo plazo. Un daño en esta área cerebral puede tener lugar por diferentes motivos: un derrame cerebral, falta de oxígeno en el cerebro, enfermedad de Alzheimer, encefalitis…y, por supuesto, daños cerebrales producidos por accidentes de tráfico.

Además de “ El extraño caso de mi amigo D. M.”, hay famosos amnésicos anterógrados dignos de recordar (paradójicamente…) y que muchos de vosotros conoceréis a pesar de que ellos no os recuerden.

Como amante del cine, dos de mis ejemplos favoritos de amnésicos anterógrados son personajes de películas, muy diferentes pero con muchas cosas en común: muchos recuerdos olvidados y mucha información no guardada.

1. Remembering Dory

“Tengo memoria de pez”, solemos decir los desmemoriados. Aunque la creencia de que los peces sólo tienen una memoria de pocos segundos no es cierta, no puedo evitar tomar como ejemplo a la sin par Dory de “Buscando a Nemo”.

Este pequeño pez cirujano, amigo de un pez payaso (parece un chiste: iban un cirujano y un payaso…), era incapaz de recordar lo que había pasado durante los últimos dos minutos.

Esta película refleja muy bien el desconcierto que sufre un amnésico (a pesar del continuo buen humor de este vertebrado marino) y la incertidumbre a la que se enfrentan sus compañeros de viaje.

2. Recuerda que morirás, que decía un romano

Guy Pearce interpreta magistralmente en el film “Memento” (sin el “mori”…) a un amnésico que trata de resolver el crimen de su mujer.

Este film destaca por una estructura argumental similar a la vista por el propio amnésico, logrando que el espectador encuentre difícil hilar los sucesos aislados que vive una persona que no puede recordar más allá de lo sucedido en unos pocos minutos.

Como dirían Les Luthiers: la segunda vez no la entendí (la película, entiéndase).

Pero no sólo los personajes de ficción y los amigos bicicleteros pueden sufrir amnesia anterógrada. El mundo de la música tiene un amnésico famoso: Clive Wearing.

Este director de orquesta británico sufrió una encefalitis que le impidió volver a consolidar los recuerdos más nimios. Su memoria se renueva cada 7 segundos, ¿difícil de imaginar, verdad?

Como ejemplo de lo trágico de la situación de un amnésico anterógrado, un trozo del diario de Wearing:

7.46am: Me despierto por primera vez.

7.47am: Esta enfermedad ha sido como la muerte hasta AHORA. Todos los sentidos funcionan bien.

8.07am: “YA ESTOY”, despierto.

8.31am: Ahora estoy real, completamente despierto.

9.06am: Ahora estoy perfecto, desmesuradamente despierto.

9.34am: Ahora estoy superlativo y realmente despierto.

No puedo mostraros fielmente lo que siente Clive Wearing, pero puede hacerlo él mismo. Dedicadle 10 minutos y él os dedicará 7 segundos

Espero que a partir de ahora no subestiméis vuestra memoria ni os preocupéis si no os acordáis de haber cerrado la puerta con llave o de haber apagado el gas. Podríais no recordar siquiera donde vivís.

Os lo dice un brainconsciente que sólo recuerda dos direcciones, la de su casa y dónde vive Paul Sherman, el malvado dentista de “Buscando a Nemo”.

P.D. Dedicado a todos aquellos que aún me recuerdan.

No te Stendhalices!!!

Como algunos de vosotros sabéis, esta semana me hallo en un lugar lleno de historia y de bóvedas de cañón.

Ayer, admirando el románico más antiguo de toda Cataluña me vino a la cabeza una imagen: allí, a mi lado estaba Stendhal, sentado en un banco de la catedral, sonriéndome. No, no era una alucinación, era el Síndrome de Stendhal, que se había apoderado de mí.

Stendhal fue un escritor francés, nacido en el siglo XVII. Conocido gracias a sus obras literarias por la mayoría del pueblo llano, los psicólogos, id est, freaks de los síndromes absurdos y reacciones psicosomáticas raras, lo conocemos por el síndrome que lleva su nombre.

También llamado Síndrome de Florencia, aunque no fue denominado como tal hasta el siglo XX por la psiquiatra Graziella Magherini, la primera descripción del mismo la hizo el propio Stendhal en su libro “Nápoles y Florencia: Un viaje de Milán a Reggio”, en el que explica lo que sintió al visitar la Basílica della Santa Croce  en la capital de la Toscana.

Éstas fueron sus sintomáticas palabras: “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme“.

Este síndrome, causado por experimentar un exceso de belleza artística, tiene los siguientes síntomas: aumento de la tasa cardiaca, alucinaciones, confusión, pérdida de las referencias espaciales, sudoración y vértigo.

Sinceramente, los que hemos visitado alguna vez la Santa Croce podemos entender perfectamente a Stendhal. ¿Alguno de nosotros no ha deseado alguna vez ser enterrado allí como Dante, Galileo o Miguel Ángel? Yo incluso pienso que ellos sufrieron este síndrome allí mismo y no les dio tiempo a llegar al hospital…

Aquí queda mi pequeño homenaje a la belleza, la artística que no la corporal. Si sientes estos síntomas frente a este segundo tipo de belleza, no sufres de Stendhal-ismo, sufres de atracción sexual. En tus manos dejo la decisión de elegir entre un cuadro de Goya y una maja desnuda…

Por Dios, que castigo de hijo!!!

¿A quién no le han castigado alguna vez? A mi sólo una, a los 8 años de edad y por llamarle “Bruja” a mi madre…Todavía lo recuerdo… ¿Fue efectivo? Aparentemente sí, porque jamás volví a llamarla así (al menos en voz alta).

El castigo es algo muy asumido en la crianza de nuestros niños (y en las reuniones de sadomasoquistas), pero hay mucho más detrás de éste término. Es una palabra muy usada coloquialmente pero también es un constructo psicológico. El castigo es un procedimiento utilizado para disminuir o eliminar la frecuencia de conductas indeseadas.

¿Es realmente efectivo el castigo? ¿Has visto a Super Nanny o a César Millán utilizarlo? Evidentemente no. Independientemente de las cuestiones éticas o morales, hay formas más efectivas de conseguir que nuestros niños/mascotas (tanto monta monta tanto) dejen ya de joder con la pelota (que diría muy sabiamente Serrat). El castigo puede parecer efectivo, pero realmente no lo es a largo plazo.

¿Cómo conseguimos entonces qué nuestro hijo adolescente lleno de granos deje de llegar borracho a casa? (una vez que hemos visto que el dinero invertido en el colegio privado se ha ido al garete…).

 1. ¡¡¡Zas, en toda la boca!!!

De acuerdo, podemos castigarle. Supongamos que cada vez que llegan borrachos les soltamos un sopapillo o les electrocutamos con un táser (que estoy de broma…). Posiblemente conseguiremos que esa conducta ebria tan indeseada termine o al menos disminuya. Al menos temporalmente.

Pero, los adolescentes son complejos (además de estar llenos de ellos) y su mente no se rige por normas generales (o directamente no se rige…), y más de uno reconocerá que su hijo no deja de hacer extreme botellón ni con esas. ¿Por qué ocurre esto? Porque París bien vale una misa, es decir, porque les merece la pena seguir haciéndolo a pesar del castigo. Su balance general de “lo que me pierdo si no me pillo un pedo” con respecto a “te voy a freír la sesera a descargas…” sale positivo. El sadomasoquismo no es la única afición que es reforzante y castigadora a la vez, nuestros niños saben bien de eso…

 2. ¡¡¡Cómo vuelvas a venir borracho te tiro la Wii por la ventana!!!

¿Qué es lo que le gusta a tu hijo más que nada en el mundo? Pues quítaselo. Ésta es una forma más efectiva de conseguir eliminar conductas indeseadas en los demás, y más duradera que el castigo propiamente dicho. Aunque parezca lo mismo que un castigo en realidad lo que estamos haciendo es quitarle al niño algo que desea en vez de darle algo directamente negativo (como el consabido tortazo).

Hasta aquí parece sencillo. Pero hay muchas otras cosas que van a determinar que nuestras criaturitas terminen apuntándose a Alcohólicos Anónimos.

He aquí unas cuantas cosas a tener en cuenta a la hora de tratar de reformar a nuestros descendientes (como sigan así, descenderán a los infiernos…):

  1. ¡Atente a las consecuencias!:

Si vamos a castigar a nuestros niños o a quitarles algo que les gusta para terminar con esa conducta tan molesta debemos hacerlo de forma inmediata. Esto es lo que yo llamo no esperar a la gotita que colma el vaso. Imaginaos que vuestro pequeñín del alma raya la delantera de vuestro Porsche (ah, éste era vuestro pequeñín del alma…) y le castigáis una semana más tarde, cuando se está cortando las uñas en el baño. Lo mismo el pobre se cree que debería no habérselas cortado… Si castigamos inmediatamente después de que el chaval nos haga la faena, le quedará clara la razón por la que va a estar sin ver a sus amigos per secula seculorum.

Y esta, señores, es la razón de que la justicia española vaya como va. Si la sentencia de un delito sale cinco añitos después de que se cometiera, lo mismo el reo cree que ha sido encarcelado por cortarse las uñas…

 2. ¡Ni una, a partir de ahora no te paso ni una!:

Los padres son seres cuasihumanos cansados por naturaleza. Así que, comprensiblemente hay veces en las que el niño está ahí, rajando el sofá con la motosierra y su padre le mira con ojos tiernillos y dice “la próxima vez le digo algo, no estoy yo ahora pa meterme en berenjenales”. Pues así vamos muy mal, que lo sepáis. Si queremos eliminar una conducta indeseable (además de tener que comprar un sofá nuevo) debemos castigarla todas y cada una de las veces que ocurre. Porque si no nuestro niño aprenderá que vale la pena arriesgarse a ser castigado, porque esto no siempre pasa (hoy papi está cansado, voy a destrozar mobiliario y menaje!!!).

 3. Total, siempre me queda la tele…

Por último, si decidís acoger como bienvenida mi sugerencia de quitarle al niño algo que le gusta cuando queremos que pare de hacer algo intolerable, os recomiendo pensar en lo siguiente: ¿Será efectivo que le quite la Wii si todavía le queda la Play, la DS, la PSP, el PC y la TV? (viva este mundo lleno de siglas!). Pues va a ser que no… Si al niño le quedan otras alternativas de diversión, no le va a importar mucho que le quites la Wii.

Novias hartas de vuestros novios conectados al FIFA 12, sabed que de nada os sirve escondérselo si no escondéis también el Assassins…

Espero haberos abierto un poquito la mente al bonito mundo de la educación (o des-educación) y de conseguir que los demás hagan aquello que queremos sin necesidad de tener poderes psíquicos cual héroe de Marvel. Hoy os he castigado un poco, pero pronto os reforzaré. Si no, me atendré a las consecuencias.

P.D. Esta entrada va dedicada a dos insensatas amigas que han decidido ser madres en este aciago momento. Si no los criais bien, os castigo!!!

Se me ha metido algo en el ojo… Ostras, si es una barra de hierro!!!

Puede que el único Phineas que hayas conocido en tu vida sea el hermanito triangular de Ferb. No dudo que su cráneo piramidal podría aportar mucho a la ciencia, especialmente al estudio de la morfología cerebral, pero éste no es el tipejo del que quiero hablar hoy.

La ciencia está llena de extrañas casualidades y avanza a base de errores y milagros. Hoy os hablaré de uno de ellos, un pequeño milagro que nos enseñó más sobre nuestro cerebro que decenas de capítulos de “The walking dead”.

He aquí la historia que despertó mi pasión por la neuropsicología:

Erase una vez un joven llamado Phineas. El señor Gage, se levantaba cada mañana, desayunaba y le daba un beso a su mujercita antes de acudir a su puesto de capataz de obra en el ferrocarril. Aquel era un verano caluroso y Phineas deseaba que terminase porque trabajar de sol a sol a la intemperie se había convertido en un infierno. Sin embargo, su orgullo por poder formar parte del avance que suponía una línea de ferrocarril para un estado como Vermont hacía que mereciese la pena pasar penurias.

Phineas era un buen capataz, todo el mundo lo sabía, y realizaba su cometido con una destreza inimaginable. Entre otras cosas era experto en explosivos y se encargaba personalmente de realizar las voladuras necesarias para facilitar la colocación de las vías del tren.

Aquel 13 de septiembre de 1848, como cualquier otro día, Phineas se dispuso a agujerear el paisaje de nuevo. Buscó la grieta adecuada en la piedra, la llenó de pólvora, le colocó el detonador y lo tapó con arena aplastandolo con una barra de metal. Como todos los días, como cualquier otro día…

Pero no fue un día más en la vida de P. P. Gage, ni en la de todos nosotros (aunque no tengáis ni idea de quién estoy hablando). Fue el día en el que, no sabemos por qué, se olvidó de echar la arena…

La chispa que provocó el roce de la barra de metal con la pólvora fue casi imperceptible, pero Phineas yacía en el suelo sin entender absolutamente nada. Una barra de un metro de largo, 3 cms de ancho y 6 kilos de peso atravesaba su cráneo sin aparente remedio.

Sus compañeros lo llevaron corriendo a casa del Dr. Harlow, quien no daba crédito a lo que veían sus ojos. Phineas estaba consciente, hablaba y se manejaba como si no tuviese una barra de hierro atravesando su cabeza.

Pasaron los meses y Gage se recuperó del todo. La comunidad médica y científica no salía de su asombro ante las informaciones que el Dr. Harlow iba divulgando sobre el avance de su paciente.

Pero con el tiempo todo cambió…El propio médico escribió en sus informes “El equilibrio entre su facultad intelectual y su parte animal se ha destruído”. Gage se había vuelto impetuoso, irreverente, impaciente y agresivo. Gage ya no era Gage.

Las cosas fueron de mal en peor, perdió a su mujer, perdió su trabajo y todo su dinero invirtiéndolo en las más insólitas y arriesgadas propuestas. Incapaz de mantener ni un solo trabajo acabó como atracción de circo, enseñando su agujero craneal y la barra de hierro que le cambió la vida. Murió a los 38 años como consecuencia de innumerables crisis epilépticas.

P. P. Gage se convirtió en un caso de estudio (antes y después de su muerte). Su increíble daño en el lóbulo frontal y las consecuencias del mismo pusieron de relieve la importancia de esta área del cerebro en nuestra personalidad, nuestra interacción social y nuestras emociones.

Pero también, y en mi opinión más importante aún, nos mostró el papel del cortex frontal en algo, tan sencillo y tan complicado a la vez, como es el manejo de las funciones ejecutivas. Las funciones ejecutivas engloban ciertas capacidades cognitivas como la anticipación de las consecuencias de nuestros actos, la planificación de las tareas de vista a futuro, la capacidad de predicción y la inhibición de conductas indeseadas moralmente hablando.

Phineas Gage, perdió todo eso y más el día que una barra de hierro le atravesó el cráneo. Perdió toda su humanidad. Y nosotros ganamos ciencia.

P.D. Hay mucha información sobre el caso de P. P. Gage, y muchos de vosotros seguramente ya lo conocíais. Si no es así y os pica la curiosidad sobre el tema, os recomiendo el siguiente libro: Damasio A.R. (1994). «A Modern Phineas Gage». Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain. Pan Macmillan.

DOCTOR, DOCTOR, ¿QUÉ PADEZCO? (II): El amor como psicopatología

Como vimos en la entrada anterior, el enamoramiento tiene síntomas muy parecidos a ciertas enfermedades, físicas y psicológicas. Pero, llevado al extremo, el amor también puede convertirse en una enfermedad real: el amor patológico.

El amor patológico es un desorden psicológico similar al que tiene lugar en los adictos a sustancias. La adicción a la pareja es la característica principal de esta psicopatología.

La ausencia del enamorado provoca reacciones similares a las del mono de la droga.: síndrome de abstinencia, dolor emocional, nauseas, temblores, angustia, pensamientos obsesivos…

Un drogadicto cree no poder vivir sin su droga, intenta dejarla sabiendo que su vida será mejor sin ella, abandona su vida, familiares y aficiones para vivir para y por la droga… Lo mismo ocurre con un enfermo de amor. Si Juana la Loca levantara la cabeza, visitaría a un psiquiatra.

Las características principales del enamorado patológico son las siguientes (espero que no seas muy hipocondriaco o te autodiagnosticarás fijo…):

1.    Impulsividad e Irracionalidad (“Cariño, te has comido todo el chocolate?? Pero si había 7 tabletas!!!”)

2.    Pánico ante la pérdida o ausencia del ser amado (¿Vas a bajar a por el pan? Y que hago yo 10 minutos sin ti??!!)

3.    Continuos síntomas de rechazo (“¿Por qué no te gustan los dedos de mis pies?”)

4.    Vacío, desesperación y tristeza (no voy a bromear con esto…)

5.    Visión distorsionada de la realidad (“Esa canción de Pablo Alborán está escrita para mí!!!”)

6.    Pérdida de la dignidad (para esto no hace falta estar enamorado, creo yo…)

Una forma especial, a la par que curiosa, de amor patológico es el “Síndrome de Clerambault”, conocido también como “Erotomanía”.

La persona que sufre de este síndrome tiene la creencia falsa de que alguien, generalmente de estrato social superior al suyo, está secretamente enamorado de ella. Ve señales donde no las hay (esa tía me ha mirao, fijo, me ha mirao…), a pesar de que generalmente su supuesto enamorado ni siquiera conoce su existencia (“Mira Mari, estas flores me las ha mandado Bratt”).

La Erotomanía es más frecuente en mujeres y aparece generalmente a partir de los 34 años (ayayay, que todavía me toca…). Sabiendo esto, es inevitable imaginar a la erotomaniaca prototípica como si fuese una Glenn Close poseída por una fatal atracción apagando y encendiendo esa lámpara mientras escucha Madam Butterfly…

El psicólogo M. Brune explica esta patología desde un punto de vista evolutivo, ya que favorece las relaciones con parejas de más alto nivel social y económico (en la prehistoria se traducía en mejores cuevas y taparrabos…).

La Erotomanía puede ser controlada con antipsicóticos, pero si no se hace puede dar lugar a episodios históricos escalofriantes cómo el intento de asesinato de Ronald Reagan por parte de J. Hinckley para llamar la atención de Jodie Foster tras el estreno de “Taxi Driver”.

Así que, amigos, si os sentís identificados con estos síntomas, haced lo mejor para vosotros…y para mí. No os pongáis en contacto conmigo.

Fuentes:

Brune, M. (2001) De Clerambault’s syndrome (erotomanía) in an evolutionary perspective. Evolution and Human Behaviour, 22, 409-415.
Kennedy, N. et al (2002) Erotomania revisited: Clinical course and treatment. Comprehensive Psychiatry, 43, 1-6.
Menzies, R.P.D. et al (1995) Prediction of dangerous behaviour in male erotomania. British Journal of Psychiatry, 166, 529-536.
Sophia, E.C. et al (2009) Pathological love: Impulsivity, personality and romantic relationship. CNS Spectr., 14, 268-274.

DOCTOR, DOCTOR, ¿QUÉ PADEZCO? (I): Psicobiología de una enfermedad llamada amor

Que el rechazo amoroso provoca reducción de la tasa cardiaca y activa las mismas áreas del cerebro que el dolor físico ya lo sabemos (¿por qué será?…), pero, ¿qué más similitudes hay entre estar enamorado y estar enfermo? Tantas, que podemos afirmar que el amor es una enfermedad.

Obsesión, manía, insomnio, pérdida de apetito, depresión…no estamos hablando de problemas psicológicos, estamos hablando de estar enamorado.

Síntomas como el déficit de serotonina son comunes a enfermedades psiquiátricas como el trastorno obsesivo compulsivo (TOC, eso que tenía Jack Nicholson en “Mejor imposible”) y a despropósitos no reconocidos como el amor.

El déficit de serotonina provoca en nosotros (ya seamos TOCs o TONTOs) la desinhibición de actitudes y sentimientos que generalmente están controlados: el apetito (de alimento y sexual), el sueño, la ira, e incluso la temperatura corporal.

Frank Tallis, psicólogo clínico londinense, afirma que este déficit de serotonina responde a la simple necesidad de apareamiento (otro dato de lo básicos que podemos llegar a ser…). El amor se convierte así en la forma de evitar nuestros controles racionales que nos dicen “Como sigas mirando a esa vas a tener problemas…”, permitiendo que nuestra desinhibición (que no significa bailar cual lagartija epiléptica en un pub) nos lleve por el deseado camino de las relaciones sexuales consentidas.

Todos conocéis ya mi pasión por la oxitocina, gran amiga del Sr. “dónde está mi serotonina” y de Don “tengo menos testosterona que Sam Sagaz”, y recordareis también su importante papel en el amor.

En el amor romántico (y el paterno filial, incluida la mamá de Bambi) fomenta el apego o “vinculación afectiva intensa” (que a mí me recuerda a Glenn Close en Atracción Fatal…).

No está claro si la oxitocina es causa o efecto del enamoramiento. Donattella Marazziti, tortuga ninja del amor y psiquiatra en la Universidad de Pisa, propone que nuestro cerebro enamorado la produce para controlar el exceso de ansiedad y que además la envía a la amígdala (que nada tiene que ver con “Mami Star Wars”) para asegurar que continuemos enamorados y asumamos riesgos en nuestra relación. Pluriempleada está la pobre oxitocina.

No digo nada nuevo si recalco la importancia de las hormonas en el enamoramiento. Ya hemos hablado de la oxitocina, pero es evidente que cuando juntamos hormonas y amor nos viene a la cabeza una chica viendo “Algo para recordar” en un sofá con un helado de chocolate.

Los estrógenos tienen mucho que decir en el enamoramiento femenino, lo mismo que la testosterona en el masculino (pero ellos no ven ñoñículas, o al menos no lo reconocen…).

Hasta tal punto que los celos están dominados y controlados por estas dos hormonas tiranas. Un alto nivel de estrógenos provoca en ellas una reacción ante las otras féminas circundantes y un alto nivel de testosterona hace que ellos choquen sus cornamentas como ciervos.

Interesante la psicobiología del amor, al menos para mí (tipo desenamorado por naturaleza). Me quedo con ganas de contaros más, pero lo haré en otra ocasión, prometiendo, por una vez dejar de hablaros de neurotransmisores y hormonas. Porque me gusta pensar que no sólo somos animales presas de la jaula biológica, también somos seres humanos presos de nuestra psique.

Fuentes:
Cobey, K.D. et al (2010). Hormonal birth control use and relationship jealousy: Evidence for estrogen dosage effects. Personality and Individual Differences (online publication).

Marazziti, D. et al (2006). A relationship between oxytocin and anxiety in romantic attachment. Clinical Practice and Epidemiology in Mental Health, 2, 1-6.

Park, J.H., et al (2008). Sex-specific relationship between digit-ratio (2D:4D) and romantic jealousy. Personality and Individual Differences, 44, 1039-1045.

Tallis, F. (2005) Crazy for you. The Psychologist, 18, 72-74.