El amor está a la vuelta de la esquina…¡de esa no, idiota!

Hoy mi horóscopo dice lo siguiente: “La Luna de Tauro y su Gran Trígono de Tierra favorecerá tu vida privada. Una íntima velada en casa podría mejorar mucho la relación con tu amor, tu gente y contigo misma. Tampoco lo tendrás mal en el trabajo aunque algunas cosas se retrasen, acabarás logrando tus objetivos”.

¡Es increíble! ¡Ha acertado en todo!

Es verdad que mi día de trabajo ha tenido retrasos en mis entregas pero he logrado mis objetivos. Es verdad que una íntima velada con mi pareja esta noche podría mejorar nuestra relación. Y doy por supuesto que la Luna de Tauro es vital en el funcionamiento de mi vida privada, aunque la presencia de un toro en la misma dé un poco de yuyu…

No sé si mi novio imaginario estará de acuerdo conmigo…

Obviando que mi velada íntima de esta noche va a ser con mi gata peluda… os pregunto: ¿por qué, incluso a pesar de no creer en el horóscopo, vemos tantas coincidencias con nuestra vida diaria?

Es muy sencillo. Es obvio que todos, seáis géminis o no, habéis dejado trabajo sin hacer hoy o pensáis que una cenita a la luz de las velas con Pac@ animaría esta noche de lunes…

Pero eso sólo es así a medias: también hay trabajo que habéis entregado a tiempo a vuestro insistente jefe (que fijo que es Tauro) y puede que a Pac@ le duela la cabeza…

Lo que está haciendo vuestro cerebro, gracias a su fea costumbre de ir a su bola, es utilizar una cosita llamada “Sesgo de confirmación”. Esto es, sólo se fija en aquellos datos e informaciones que corroboran su propia hipótesis.

Sólo me fijo en el trabajo que no he podido terminar y posiblemente termine pensando que mi gata estará más a gusto tras una cena romántica conmigo que cazando un puntero imaginario.

Pero, ¿qué ocurre con todo el trabajo que sí he acabado hoy? ¿y con la probabilidad de que cocine tan mal que intoxique a mi amor, mi gente y a mí misma?

Un sesgo es un pre-juicio, un atajo para tomar una decisión o forjarnos una opinión sobre algo, gastando el mínimo de recursos cognitivos.

Muy útil en algunos momentos, ya que nos sirve como regla general para enfrentarnos a ciertas situaciones, pero generalmente erróneo ya que no tiene en cuenta los datos objetivos.

Además de con situaciones horoscópicas, este bonito sesgo de confirmación despliega sus maléficas alas en otras situaciones, a veces con consecuencias nefastas.

Destacaré dos, las que más me afectan en el mundo personal y el laboral. Lo siento, se ve que hoy necesito confirmación…

1. Será z…zafia la tía…

“Mari me ha dicho que la del 4ºC es una criticona”. Ya está, plantada la semilla de la confirmación. A partir de entonces sólo voy a fijarme en los datos que confirmen la hipótesis de Mari. ¿Para qué fijarme en que la del 4º pasa el 99% de las reuniones de comunidad sin criticar a nadie? Si Mari lo dice, será verdad…

He aquí la base de nuestros prejuicios sociales, desoír la mitad de la información disponible. Y esto pasa con Mari, pero también con Hassan, con Walter Roberto o con el Jonathan y la Jessi.

2. Un tío guasón donde los haya…

La ciencia está llena de sesgos de confirmación. Todos queremos tener la razón y por eso, y por nuestro cerebro descerebrado, buscamos datos que confirmen nuestra hipótesis. Hasta Einstein nació con este sesgo bajo el brazo, fijo.

Pero como todo héroe tiene un antihéroe, una década después de que muriese Einstein, surgió un antihéroe, con una tarea debajo del brazo: Wason, y su tarea de selección.

He aquí el jueguito de Wason:

Mira estas cuatro cartas y responde: ¿A qué dos cartas le darías la vuelta para comprobar si es cierto que detrás de un número par se esconde un color rojo?

No, no… ni se te ocurra hacer eso que estás pensando… ¡Lucha! ¡Lucha contra ese cortex cerebral que quiere lanzarte por el Monte del Destino, perdón, de la confirmación!

Ainss, lo veía venir, le has dado la vuelta al 8 y a la carta roja…

Si no es así, bienvenido al mundo de los no-confirmatorios (al que no tengo el honor de pertenecer…).

Tanto en tareas wasonas como en la vida diaria y científica deberíamos levantar esa carta que puede tirar por tierra nuestra hipótesis: ese número impar que puede tener un color rojo detrás o esa carta marrón que puede tener un número par detrás.

Sea como fuere, guardemos un as en la manga, hagamos avanzar la ciencia y retroceder los prejuicios. Juntos podemos hacerlo. Lo confirmo.

Ser o no ser (inmoral), esa es la cuestión

Os propongo un ejercicio (dedicado a mis amigos bilbaínos, pero resoluble por humanos en general):

Imagina que estás cruzando el puente Zubi Zuri (intentando no resbalar con la lluvia…), en plena ría bilbaína, y ves aproximarse el tranvía (ese capricho inútil de nuestro querido alcalde…).

Viene desbocado, a una velocidad de 280 km/h (que no, que no soy de Bilbao…) y ves como se acerca sin remedio hacia cinco personas que cruzan tranquilamente por el paso de cebra más cercano.

A tu lado, en el puente, hay un guiri, un erasmus nórdico loco por el kalimotxo. He aquí el dilema: ¿tirarías al desconocido universitario sobre las vías salvando así a las cinco personas del paso de cebra o dejarías pasar de largo el tranvía, acabando así con cinco vidas?

Este ejemplo puede parecer una bilbainada, pero es, salvando las bromas, el dilema moral más utilizado entre los psicólogos dedicados al tema.

¿Qué has decidido hacer tú? ¿Has sacrificado a una persona para salvar a cinco? ¿No serías capaz de empujar a una persona a las vías aún sabiendo qué provocarías un bien mayor?

Si has respondido que sí a esto último, has hecho lo que hace la mayoría de la gente a la que se le plantea este dilema.

Este dilema moral, y muchos otros, ponen de relieve la importancia de la implicación personal en los actos que llevamos a cabo.

Empujar a una persona a las vías, aunque sea para salvar a cinco, implica una acción directa por nuestra parte, al contrario que dejar que cinco personas sean atropelladas. Lo impersonal gana a lo personal.

Los dilemas éticos que suponen una implicación personal dan lugar a una mayor actividad en las zonas del cerebro asociadas con la emoción y la cognición social.

Estas zonas se engloban en lo que llamamos el sistema límbico, donde nacen las emociones, los miedos, los instintos de supervivencia… Es nuestra área del cerebro más animal.

Desde una perspectiva evolutiva, las estructuras neuronales relacionadas con el comportamiento moral se han desarrollado y favorecido a partir de asociaciones entre las conductas instintivas y las emociones. Gracias a eso podemos tomar decisiones morales de forma casi instintiva en pro de nuestra supervivencia y la de nuestros semejantes.

Es duro afirmar que sólo actuamos moralmente por instinto.

¿Acaso no somos seres con libre albedrío? ¿No somos algo más que animales racionales? ¿Acaso no somos personas distintas, con distintas culturas, edades e idiosincrasias?

Si, lo somos, pero independientemente de nuestras personalidades, edades, culturas e incluso religiones, todos actuamos de forma similar ante dilemas morales.

No sólo eso… Párate a pensar, ¿por qué no has sido capaz de empujar al guiri a las vías a pesar de saber que salvarías a cinco personas? Sea cual sea tu respuesta, seguramente no encontrarás una explicación racional que justifique la decisión tomada.

En fin, amigos, simplificando: la supervivencia propia y la de nuestros semejantes rigen nuestras normas morales. Podemos llamarlo altruismo social o egoísmo de especie, como queráis. Yo prefiero pensar que somos buenos por naturaleza.

P.D. Ningún erasmus resultó herido mientras se escribía esta entrada.

P.D.2. Dedicado a mis ocho dilemas morales.

Fuente: Gazzaniga, M. S.(2006). El cerebro ético Madrid: Paidós.

¡Me va a dar un ataque de faunico!

Faunico siento cada mañana al abrir mi email, cada vez que me sale una cana y cada vez que me entero de que Justin Bieber va a sacar un nuevo disco. O al menos así sería si en cierta batalla dialéctica hubiesen ganado los romanos a los griegos. Como fue al revés, lo que siento ante una tanda de anuncios de Antena3 se llama pánico.

Pan, en la mitología griega, era un pequeño Ozzy Osbourne con patas de cabra y una pequeña flauta, que a pesar de su carácter burlón era capaz de comportarse como un macho cabrío y sembrar el pánico.

Además del miedo patológico a los hombres con cuartos traseros caprinos, la mitología griega y romana nos ha regalado nombres para los más variados síndromes, complejos y otros despropósitos psicológicos.

“Es normal, cariño, que el niño quiera matarme y casarte contigo. Tranquila, se llama adolescencia”, le dijo Layo a Yocasta. “Para mí que no, mi rey, mejor lo llevamos a ver a Freud”. Y así nació el complejo de Edipo y el de su compañera de guarde Electra.

Doy por sentado, o por tumbado en el diván, que conocéis estos famosos complejos abanderados del psicoanálisis, pero quizá no conozcáis otros igual de interesantes. Hagamos un repasillo, especial para mitómanos:

1. Me pareció ver un lindo gatito, digo, caballito

Casandra fue la única que se dio cuenta de que el caballo de Troya no era ese caballito de madera del que hablaba Machado. Pero nadie la creyó (hombres tenían que ser los troyanos…).

El síndrome de Casandra es sufrido por aquellas mujeres adictas al “Ya te lo dije”, que creen saber lo que va a ocurrir en las vidas ajenas pero que son conscientes de no ser creídas. Todos tenemos alguna en nuestra escalera, con rulos en la cabeza, probablemente.

2. Aunque soy un emigranteeee (que diría Valderrama)

Dejando atrás a Penélope, sin su bolso de piel marrón, Ulises vagó por tierra extraña durante veinte años. Pero eso no fue una odisea, al menos no tanto como la de cualquier otro emigrante.

El síndrome de Ulises hace referencia a esa morriña que sentimos los que estamos lejos de casa y el estrés que nos supone esta circunstancia. Cómo hubiese cambiado la vida de Ulises con una compañía aérea low cost en Itaca…

3. Ninfa, ¿en tu bosque o en el mío?

Dafne, inocente cual florecilla del bosque, fue la primera víctima de acoso sexual en el bosque. Apolo la deseaba insistentemente, no resignándose a permanecer en la friendzone. Ella, en vez de dar cancha a su pagafantas particular, le pidió a su padre ayuda, convirtiéndola éste en un laurel (recogerás lo que siembres, pensó el progenitor…).

Y además de en laurel, Dafne se convirtió en complejo. El complejo de aquellas adolescentes que tienen miedo a las relaciones sexuales.

4. Pues Brad Pitt no parecía acomplejado en “Troya”…

Todos queremos nuestro minutito de gloria, pero ser recordado porque un tío afeminado llamado como la hija pródiga del imperio Hilton te clavó una flecha en la parte trasera de tu musculada pierna es un poco triste.

Pero más triste, pensaría hoy en día nuestro héroe tético (que no tétrico), es ser recordado por dar nombre a un complejo: el complejo de Aquiles. Estos acomplejados se obsesionan por ocultad sus debilidades, sus tendencias sexuales en caso de la homosexualidad o su disfunción eréctil. Quizá la solución para estos últimos no sea la viagra, sino una novia con complejo de Dafne.

Creo que han sido suficientes los síndromes y complejos por hoy. Hay muchos más, tantos como pinzas de la ropa que se te han caído por la terraza, como veces que has dicho “ésta es la última, después a casa” y como veces has visto el mismo capítulo de los Simpson.

P.D. Esta entrada está dedicada a los narcisistas, los sibilinos, los erotomaniacos, los psicóticos, los que se creen un adonis, los que asisten a bacanales, los fóbicos, los que practican la hipnosis, los que ven “Juego de Cronos”… Ah, y a todos los faunos…

¿Por qué Tarzán prefería a Chita que a Jane?

La Teoría de la Evolución ha sido un regalo de Dios (paradójico…), todos lo sabemos. Pero lo que puede que muchos nos sepáis, y me incluyo hasta hace unos días, es que dio lugar a experimentos insospechados en nombre de los avances científicos.

El 1 de agosto de 1870, la madre patria rusa vio nacer al que sería, quizá no uno de sus más renombrados biólogos, pero sí, uno de los más insospechados especímenes humanoides: Ilya Ivanovich Ivanov.

Este especialista de la reproducción asistida no será recordado por perfeccionar la inseminación artificial en caballos, como debía esperar su incondicional madre, sino por ser el primer “Doctor Moreau” (en este caso sin isla propia) conocido.

Ivanov debió creerse a pies juntillas eso de que venimos del mono. Tanto, que su objetivo principal en la vida fue conseguir un híbrido entre ambas especies: el “humono” (en inglés: humanzee).

Pero, ¿cómo demonios puede una universidad o un gobierno permitir semejante atrocidad?, me pregunté yo mientras leía sobre el tema. Cuál fue mi asombro al saber que el propio gobierno ruso estaba más que dispuesto a patrocinar esta animalada.

El gobierno marxista de la época estaba convencido de que la creación de un híbrido humano–chimpancé sería definitivo para darle en todos los morros a esos cristianos fundamentalistas estadounidenses. Como veis, las cosas no han cambiado tanto en estos últimos 100 años…

Así que, una vez obtenido el dinero, la autorización de un gobierno deshumanizado y un par de sujetos experimentales “voluntarios”, Ivanov se puso manos a la obra.

El 28 de febrero de 1927, con alevosía y premeditación y un absoluto secretismo, Ilya, ayudado por su hijo (hijo que necesitaría terapia después de esto, fijo), intentó inseminar con una muestra humana a Babette y Syvette, dos hembras de chimpancé, que supongo jugaban alegremente sin saber lo que se les venía encima… El intento fue, afortunadamente, fallido. Pero lo que cuenta es la intención…

Pensareis que este buen hombre se fue entonces a su casa y se bebió una botella de whisky tras ver que su intento de embarazamiento monil había fracasado y que desistió de sus absurdas ideas, supongo. Nada más lejos de la realidad.

“Ilya Junior (supongo que así llamaría a su hijo…), me aburro mucho en esta aciaga tarde de verano, ¿por qué no intentamos inseminar a una hembra humana con semen de mono? ¡Parece divertido!”. Dicho y hecho: Eligió a un orangután macho llamado Tarzán (poco original, lo sé) para insertar su fluido seminal dentro de una inconsciente mujer (que no “mujer inconsciente”). La parca se llevó al pobre Tarzán antes de que tamaña desfachatez tuviese lugar. Algunos creemos que se suicidó…

Respirad tranquilos, ahora que sabéis que éste particular Dr. Frankenstein no consiguió hibridarnos con los monos. Otras especies aún no pueden dormir tranquilas.

Si, finalmente lo intentó y lo logró: híbridos de cebra y burro, de bisonte y vaca, de antílope y vaca, de ratón y rata, y un largo etcétera (que podría ser el nombre de otro de sus híbridos). El reino animal no estaba a salvo del acecho de este científico.

Cual Clarise, aún escucho a los corderos chillar en la oscuridad de la noche…

Fuente: Rossianov, K. (2002). Beyond species: Ilya Ivanov and his experiments on cross-breeding humans with anthropoids apes. Science in context, 15 (2), 277-316.