´Cause this is thriller, thriller night…

El 31 de Diciembre de 1983, a una hora incierta, la pequeña Sonia (nombre ficticio para mantener su anonimato) de 6 añitos de edad, pasó por delante de la puerta del salón de la casa familiar. Una imagen en la televisión paralizó entonces algo más que su retina.

El miedo la dejó inmóvil durante unos interminables segundos,  pero no podía dejar de mirar aquella maldita pantalla. ¿Qué demonios era ese monstruo?  Sonia no lo sabía aún, pero durante meses vería a ese dichoso bicho bajo su cama.

Pues sí, lo confieso, ver accidentalmente el estreno de “Thriller” me marcó para siempre…

Esto es lo que pasa cuando ves a Michael Jackson vestido de muerto viviente por primera vez:

Tu amígdala, esa parte del cerebro que reina sobre las emociones, se enciende cual anuncio luminoso de Times Square. Ella, lo mismo que tú, está horrorizada con esa visión dantesca de ropa ochentera y enormes hombreras, y sabe que debe hacer algo para que salgas corriendo hasta el infinito y más allá.

Por eso, se pone en contacto con el hipotálamo, que, a pesar de significar “bajo el dormitorio” en griego, es el portero de tu sistema nervioso autónomo y de su puerta giratoria, el tronco encefálico. Son la pareja perfecta, como Forest y Jenny, pero sin una caja de bombones.

Hipo se encarga de las hormonas y su tronco de mantener nuestras constantes vitales.

Y ahí estás, escuchado la carcajada terrorífica de Vincent Price al final de la canción: Tu ritmo cardiaco, tu presión arterial y tu respiración se alteran (agradéceselo a tu “tronco”…), e incluso tu intestino se contrae. Los vasos sanguíneos de tu mayor órgano (ese que estás pensando no…), la piel, se estrechan.

El cortisol, hormona que se reparte con las palomitas en la puerta del cine cuando vas a ver “Saw IV”, inunda tu cuerpo preparándote para un gasto extra de energía (“Cortisol, el desayuno de los campeones y del Correcaminos”).

Incluso los músculos de tu cara se comportan como los de Macaulay Culkin en “Solo en casa” para mostrar la emoción que sientes en ese momento.

Pero tienes que decidir entre dos opciones: Quedarte quieto, aparentando que reaccionas igual que viendo Dora la Exploradora, o salir corriendo cual alma que lleva el muerto viviente.

“Me quedaré petrificada, cual Han Solo en carbonita”. Y entonces lo notas, tu respiración y tu ritmo cardiaco se enlentecen, para no llamar la atención de tu depredador (o impedir que tus hermanos se rían de ti por cagueta).

¿Y si salgo huyendo del apocalipsis zombi? El corazón me latirá como recién salido de una Mascletá y mi sangre correrá tan rápido hacia mis músculos como una manada de Búfalos huyendo de Kevin Costner.

Y lo que es mejor, mi  “tronco” bloqueará la llegada de señales del dolor a mi cerebro para que ninguna herida me impida llegar hasta donde está mi mamá  y arrojarme en sus brazos muerta de miedito.

Mientras todo esto sucede, mientras mi cuerpo decide quedarse congelado o salir pitando, mi corteza cerebral controla mis pensamientos y sensaciones, derivadas de mi estado corporal.

¿Acaso DiCaprio pensaba en comida, sexo o una cama blandita mientras se congelaba en aguas nórdicas tras el hundimiento del Titanic? Yo creo que pensaba: “Kate, para mí que cabemos dos en esa tabla…”. Nuestro cerebro ahorra recursos atencionales y de memoria necesarios para mantener nuestra supervivencia, sobre todo si necesitas energía para tirar a Kate de la tabla…

Y todo esto que a mí me ha llevado cientos de palabras describir, ocurre en décimas de segundo.

Esta cascada de cambios corporales ocurre también en momentos de gran estrés. De ahí que un estrés continuado provoque en nosotros patologías diversas.

Como muestra, un botón, perdón, un fallo orgánico: redireccionar continuamente el flujo sanguíneo hacia nuestros músculos para facilitar la huída hace que nuestros órganos no reciban el suficiente riego y se vean dañados.

Así que, amantes de la adrenalina, el puenting, rafting, ver pelis de mied-ing o de los parques de atraccionings… tomaos la vida con más tranquilidad.

Bastante tenemos con tratar de no alterarnos cuando el gobierno anuncia un nuevo recorte…

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Pues yo no distingo la Light de la Zero…

Si me dieran un euro por cada vez que oigo: “A mí no me gusta la Pepsi, yo soy de Coca Cola”, sería más rica que el dueño de Megaupload. No lo negaré, yo también lo he dicho, convencida de que mi criterio es tan bueno como el de cualquiera y de que millones de personas no pueden estar equivocadas (y miles de moscas tampoco y comen m….).

Pues bien, coged unas palomitas y un refresco carbonatado con sabor a cola, sentaos en el sofá y disponeos a ver la siguiente película:

Imaginemos un plano secuencia a lo Brian de Palma, que comienza en una nevera typical american llena de Pepsis (e ingentes cantidades de alcohol) para la fiesta postgraduación de Read y su best friend Buddy.

“Read!!! Maldito aspirante a científico y acosador de animadoras…WTF are Pepsi doing in our nevera???” – “Venga Buddy, menos quejarse, si todos los refrescos de cola saben igual, ¡que más te da!

-“¡Eso no es verdad, Read! ¡Ya estás volviendo al Walmart a cambiar esas latas!

Pero Read Montague no fue al supermercado. Cogió sus latas y se fue al “Baylor College of Medicine” con un solo pensamiento en la cabeza: “Yo cambiaré tus Pepsis por Cocas, pero te juro que ésta te la guardo, Buddy. Y la venganza será muy dulce, casi tanto como la Coca no Light….(risa maléfica)”.

Cogió por banda a unos cuantos voluntarios amantes de los vasos que se regalan con el Happy Meal y les puso delante una Pepsi y una Coca cola, sin distintivo alguno. Debían elegir aquella que les gustase más.

El resultado fue transparente como el gintonic: No había correlación alguna entre la bebida elegida y la preferencia por alguna de las dos marcas de refrescos. Vaya, vaya, puede que miles de moscas sí estén equivocadas…

Pero, ante las quejas insistentes de los consumidores de Coca Cola con sobredosis de cafeína, Read realizó un segundo experimento: “Chicos, ya que os gusta tanto la Coca Cola os voy a poner una latita, pero además os voy a poner otra de una marca desconocida, por si ésta os gusta también”.

Ya habréis imaginado que en la maléfica mente de un investigador cabreado sólo cabe el engaño… Ambas latas contenían la misma marca, pero el 85 % de los participantes eligieron aquella que tenía el logotipo de los anuncios de televisión más ñoños de la historia.

Read empezaba a pensar que el marketing tenía mucho que decir en todo esto. Así que cogió lo que tenía a mano, un aparato de resonancia magnética y se dijo “a la tercera, la bebida”. El cerebro no engaña (y el algodón tampoco) y además, esos aparatejos tienen unas lucecitas tan monas… Observó la actividad cerebral de sus voluntarios participantes mientras bebían ambas marcas de refresco.

Cuando Read les mostraba el logotipo de Coca Cola antes de ingerir dicha bebida, su cerebro se iluminaba cual arbolito de navidad, cosa que no ocurría cuando se mostraba una imagen sin logotipo alguno. Ahora entiendo lo de la “Chispa de la vida”, te enciende el cerebro con sólo ver el logotipo…

Esto es, literalmente, lo que entendemos por un lavado de cerebro, sólo que con agua carbonatada y algún que otro ingrediente secreto.

¿Queréis saber cómo acabó la película? Buddy celebró su graduación con latas de Coca Cola rellenas de Pepsi y Read publicó un bonito artículo en la revista “Neuron”. Lo segundo es cierto, lo primero, me gustaría pensar que fue así. Apuesto una Pepsi a que muchos experimentos han empezado con una discusión trivial entre amigos. Total, no pierdo nada, yo soy de Coca…

Fuente: Montague, R., et al (2004). Neural correlates of behavioral preference for culturally familiar drinks. Neuron, 44, 379-87.

P.D.: Esta película está basada en hechos reales.

P.D. 2: Esta entrada es…: para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos, para los que ríen, para los optimistas, para los pesimistas, para los que juegan, para las familias…