Eufemismos y paroxismos

No ocultaré que esta entrada está inspirada por una de esas tardes cinéfilas frente a una buena película con tintes históricos e histéricos.

En este caso, “Hysteria” relata, con bastante acierto, la invención de cierto aparato eléctrico creado con el fin de curar la insatisfacción, mal llamada histeria, mostrada por las mujeres de la época, a través de la provocación de repetidos paroxismos que aliviaran el furor uterino. Actualmente se vende en los mejores sex-shops, pilas incluídas.

Pero no sólo Joseph Mortimer Granville, inventor del actualmente llamado vibrador, se sumergió en lo más profundo de la sexualidad y sus paroxismos varios.

En la actualidad, y para alegría de mi curiosidad y la de otros de mi misma especie (y de otras, como veréis),  Mary Roach, psicóloga y divulgadora científica estadounidense, ha dedicado parte de su tiempo al noble y satisfactorio arte del estudio de la sexualidad humana.

He aquí varias cosas que Mary me ha enseñado sobre los paroxismos que posiblemente ninguno de vosotros sepa (a no ser que estéis muertos, tengáis hipo o conviváis con “Babe, el cerdito valiente” en vuestras casas…):

1. ¿Qué los ángeles no tienen sexo? Qué más da, no lo necesitan!

El encargado de que el orgasmo tenga lugar es nuestro muy sabio Sistema Nervioso Autónomo, aquél que funciona sin control consciente. Gracias a esta sabiduría corporal, el rango de estímulos que puede dar lugar a esta culminación puede ser amplio e insospechado, pudiendo prescindir completamente del uso de los genitales para alcanzar dicho clímax.

Mary Roach relata con desparpajo el caso de una mujer que “sufría” de paroxismos múltiples mientras se lavaba los dientes. Quiero pensar que tenía un cepillo eléctrico, recomendado por 9 de cada 10 dentistas…

2. Y un zombie le dijo a otro: en tu tumba o en la mía?

Atila, el Papa León VII y Rockefeller murieron mientras alcanzaban la metafórica cima (si, si, el Papa León VII, has leído bien…). Pero nadie pensaría que se puede alcanzar la cima una vez muerto…

Gracias al dichoso Sistema Nervioso Autónomo, esto es cierto: oxigenar los nervios sacros situados en la base de la espalda puede provocar una convulsión similar a la generada durante el acto sexual. Incluso si estás muerto.

Esto debe ser lo que denominan coloquialmente “estar en el cielo”. O sacrilegio.

3. Babe, I´m here again…

Hace un siglo los ginecólogos mantenían que la concepción se veía favorecida por las contracciones uterinas provocadas por el orgasmo. Hasta aquí, nada raro, ¿no?. Pues nada, probémoslo con las cerdas, que no van a quejarse…

El Comité Nacional Danés de Producción porcina encontró un incremento del 6% en las camadas de aquellas cerdas, perdón, lechonas, que habían sido estímuladas previamente con un exhaustivo plan de cinco puntos, detallado en un bonito póster que se pegaba en las paredes de la granja.

Vamos, como los desplegables de las cabinas de los camioneros…

4. Hipohuracanado gritooooooo:

Un artículo científico titulado “Las relaciones sexuales como un tratamiento potencial para el hipo intratable” describe, como se deduce, el caso de un paciente cuyo hipo no desapareció hasta que alcanzó el consabido culmen.

La terapia que sugieren los autores: para los casados, su pareja; para los solteros… esa cosita que inventó el señor Granville.

Y hasta aquí la lección de hoy. Espero que os haya resultado satisfactoria.

Para el que sea multi, vamos, para el que quiera más, recomiendo ardorosamente que visione la siguiente exposición de Mary Roach, que no tiene desperdicio.

Porque en el fondo todos somos un poco voyeurs…

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Siento, luego existo

“Me está llegando un suave aroma de agua y jabón” le dice Al Pacino a Chris O´Donnell antes de que mi escena favorita de “Esencia de Mujer” comience.

El restaurante está lleno de gente y rebosante de flores de colores y, bajo esa luz tenue, está ella, preciosa, con el pelo recogido y su vestido negro, dejando la espalda al aire para el deleite del espectador.

Y entonces comienza ese tango, ese precioso tango de Gardel, intemporal como el amor mismo… “En el tango no hay errores, Donna, no es como la vida…”

Ésta es la forma en la que el 98 % de la población mundial y yo percibimos y sentimos (a través de los sentidos) esta escena. Pero me gustaría mostraros cómo la ve el otro 2%…

Vayamos por partes, mejor dicho, vayamos por agnosias… (Agnosia: del griego “agnos”, desconocimiento: incapacidad para reconocer estímulos)

1. ¿A qué huelen las nubes?

“Cariño, ¿has comprado Cheetos? Ups, no, sólo te has quitado los zapatos…”. En ciertas situaciones nos encantaría arrancarnos las narices de cuajo para no oler algunos engendros de la naturaleza.

Pero peor sería seguir oliendo y no identificar lo que estamos oliendo. Esto es lo que le pasa a una persona con Agnosia Olfativa.

Puede que una mujer huela a agua y jabón, pero él nunca lo sabrá…

 2. De coloresss, de colores se visten los campos en la primaveraaaa

Todos conocemos a Dalton, un hombrecillo con muy mal gusto vistiendo hasta que alguien le dijo que tenía daltonismo.

Pero no todos conocemos la incapacidad para reconocer colores, también llamada agnosia a los colores (poca imaginación al ponerle nombre a la patología, lo sé…).

Un agnósico visual nunca verá la vida de color de rosa…

3. Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?

“El todo es más que la suma de sus partes” es una premisa que los psicólogos conocemos mejor que nadie. Y la vida nos lo muestra a diario. La cara de una mujer bella es mucho más que la suma de una nariz, unos ojos, una boca…

Pero no para alguien que sufre de Prosopagnosia. “Soy muy malo recordando caras” se convierte en un eufemismo cuando hablamos de esta enfermedad fruto de un daño cerebral en nuestro lóbulo temporal.

Una persona que padece este tipo de agnosia no es capaz de reconocer caras familiares, hasta el extremo de no llegar a reconocer la suya propia.

Puede que la expresión “Mujer florero” la inventase un prosopagnósico que confundió a su mujer con uno de ellos…

4. Señorita, ¿me concede este baile?

Lo sé, a estas alturas esperáis otra agnosia rara… ¿La incapacidad para sincronizar pies y brazos mientras bailas la Macarena?. No, pero casi….

La Akinetopsia, a pesar de sonar como el nombre de alguna dinastía de faraones egipcios, es la incapacidad de percibir los objetos en movimiento.

Las personas que la padecen perciben el movimiento como una película antigua de Mickey Mouse, a saltitos en vez de como un movimiento continuo.

5. ¿Si no me gusta Muse tengo Amusia?

Si adoro esta escena de “Esencia de Mujer” es por ese dichoso tango. ¿Qué pasaría si no lo reconociese? Posiblemente no se me pondrían los pelos de punta y me sonaría igual que Paquito el Chocolatero, carente de pasión, aunque no de ritmillo contagioso…

Amusia es, evidentemente, la incapacidad de reconocer las características estructurales de una pieza musical y por lo tanto de identificar y diferenciar una pieza musical de cualquier otro sonido.

Casi tan trágico como pensar que el reggaetón se puede considerar música…

En fin, así ve la vida un agnósico. Así la ve, la huele, la siente y la escucha.

Pero si hay algo más trágico que no percibir la vida es haber dejado de sentirla. Y eso lo hacemos muchos no agnósicos…

P.D. Para cinéfilos sin curiosidad:  Escena “Esencia de mujer” (Martin Brest, 1992)

P.D.2. Para curiosos sin cinefilia:

             Sacks, O. (2004). El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Ed. Anagrama.

             Sacks, O. (2009). Musicofilia. Ed. Anagrama.

Para vosotros…

Las emociones no se pueden explicar con palabras. Esa es mi deducción después de desechar varios borradores de esta entrada. Éste es un post personal, muy personal, para homenajear a  aquellos que marcaron mi vida y aquellos que la siguen marcando: mis profesores y mis alumnos.

No debemos dejar de aprender, pero tampoco debemos dejar de enseñar. Todos tenemos algo que enseñar, y,  no me refiero a la teoría pura y dura. Mis recuerdos sobre mis profesores favoritos no se basan en datos, teorías o powers points llenos de colorines. Se basan en pasión, en cercanía y en esa extraña cualidad que tienen algunos de hacer lo difícil tremendamente fácil.

Mi profesión me hace muy feliz, aunque suene cursi. Me emociona el interés de algunos alumnos por la materia (los menos, ya que es un hueso duro de roer…) y cada día abro mis foros esperando respuestas del estilo de “Ahora sí que lo he entendido!” o “Ese ejemplo tuyo es genial!”. Y antes de cada clase, durante años, me ponía nerviosa y canturreaba la misma canción, al estilo de Rocky antes de subir las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia.

No quiero dejar de ser así. No quiero dejar de rezumar pasión por lo que enseño. Pero es un peligro llamado “Habituación” (mis alumnos saben bien de lo que hablo…). No quiero que se me encoja el corazón cual Scrooge en el Cuento de Navidad de Dickens. Y menos si eso implica que en Navidad se me presentarán los fantasmas de mis alumnos pasados, presentes y futuros…;P.

Así que antes de que eso ocurra, dejo aquí mi tributo: A MariCeli, por enseñarme a leer con el gato Michin; a Jose, del que me enamoré a los 12 (todos nos hemos enamorado de algún profe, no lo neguéis…); a Fernandito, cuya pasión me hizo matricularme de una carrera equivocada… Y a HM, que apostó por mi y lo sigue haciendo. Ellos tienen la culpa de lo que soy.

Y a mis padawans, gracias. A TODOS. Por no dormiros en mis clases, por echar de menos mis power points de Pocoyó, por seguir en contacto conmigo, por ser críticos y/o sinceros… He aprendido y sigo aprendiendo tanto de vosotros…

P.D. Evidentemente, dedicado a mis, en total, casi 15000 alumnos (que se dice pronto…), presentes y pasados. Y a los futuros, que no saben lo que les espera…XD

P.D. Evidentemente también, a mis contemporáneos de la enseñanza, cuya pasión ha sido contagiosa para mí (FB, MAV, OP, JP…)

´Cause this is thriller, thriller night…

El 31 de Diciembre de 1983, a una hora incierta, la pequeña Sonia (nombre ficticio para mantener su anonimato) de 6 añitos de edad, pasó por delante de la puerta del salón de la casa familiar. Una imagen en la televisión paralizó entonces algo más que su retina.

El miedo la dejó inmóvil durante unos interminables segundos,  pero no podía dejar de mirar aquella maldita pantalla. ¿Qué demonios era ese monstruo?  Sonia no lo sabía aún, pero durante meses vería a ese dichoso bicho bajo su cama.

Pues sí, lo confieso, ver accidentalmente el estreno de “Thriller” me marcó para siempre…

Esto es lo que pasa cuando ves a Michael Jackson vestido de muerto viviente por primera vez:

Tu amígdala, esa parte del cerebro que reina sobre las emociones, se enciende cual anuncio luminoso de Times Square. Ella, lo mismo que tú, está horrorizada con esa visión dantesca de ropa ochentera y enormes hombreras, y sabe que debe hacer algo para que salgas corriendo hasta el infinito y más allá.

Por eso, se pone en contacto con el hipotálamo, que, a pesar de significar “bajo el dormitorio” en griego, es el portero de tu sistema nervioso autónomo y de su puerta giratoria, el tronco encefálico. Son la pareja perfecta, como Forest y Jenny, pero sin una caja de bombones.

Hipo se encarga de las hormonas y su tronco de mantener nuestras constantes vitales.

Y ahí estás, escuchado la carcajada terrorífica de Vincent Price al final de la canción: Tu ritmo cardiaco, tu presión arterial y tu respiración se alteran (agradéceselo a tu “tronco”…), e incluso tu intestino se contrae. Los vasos sanguíneos de tu mayor órgano (ese que estás pensando no…), la piel, se estrechan.

El cortisol, hormona que se reparte con las palomitas en la puerta del cine cuando vas a ver “Saw IV”, inunda tu cuerpo preparándote para un gasto extra de energía (“Cortisol, el desayuno de los campeones y del Correcaminos”).

Incluso los músculos de tu cara se comportan como los de Macaulay Culkin en “Solo en casa” para mostrar la emoción que sientes en ese momento.

Pero tienes que decidir entre dos opciones: Quedarte quieto, aparentando que reaccionas igual que viendo Dora la Exploradora, o salir corriendo cual alma que lleva el muerto viviente.

“Me quedaré petrificada, cual Han Solo en carbonita”. Y entonces lo notas, tu respiración y tu ritmo cardiaco se enlentecen, para no llamar la atención de tu depredador (o impedir que tus hermanos se rían de ti por cagueta).

¿Y si salgo huyendo del apocalipsis zombi? El corazón me latirá como recién salido de una Mascletá y mi sangre correrá tan rápido hacia mis músculos como una manada de Búfalos huyendo de Kevin Costner.

Y lo que es mejor, mi  “tronco” bloqueará la llegada de señales del dolor a mi cerebro para que ninguna herida me impida llegar hasta donde está mi mamá  y arrojarme en sus brazos muerta de miedito.

Mientras todo esto sucede, mientras mi cuerpo decide quedarse congelado o salir pitando, mi corteza cerebral controla mis pensamientos y sensaciones, derivadas de mi estado corporal.

¿Acaso DiCaprio pensaba en comida, sexo o una cama blandita mientras se congelaba en aguas nórdicas tras el hundimiento del Titanic? Yo creo que pensaba: “Kate, para mí que cabemos dos en esa tabla…”. Nuestro cerebro ahorra recursos atencionales y de memoria necesarios para mantener nuestra supervivencia, sobre todo si necesitas energía para tirar a Kate de la tabla…

Y todo esto que a mí me ha llevado cientos de palabras describir, ocurre en décimas de segundo.

Esta cascada de cambios corporales ocurre también en momentos de gran estrés. De ahí que un estrés continuado provoque en nosotros patologías diversas.

Como muestra, un botón, perdón, un fallo orgánico: redireccionar continuamente el flujo sanguíneo hacia nuestros músculos para facilitar la huída hace que nuestros órganos no reciban el suficiente riego y se vean dañados.

Así que, amantes de la adrenalina, el puenting, rafting, ver pelis de mied-ing o de los parques de atraccionings… tomaos la vida con más tranquilidad.

Bastante tenemos con tratar de no alterarnos cuando el gobierno anuncia un nuevo recorte…

Pues yo no distingo la Light de la Zero…

Si me dieran un euro por cada vez que oigo: “A mí no me gusta la Pepsi, yo soy de Coca Cola”, sería más rica que el dueño de Megaupload. No lo negaré, yo también lo he dicho, convencida de que mi criterio es tan bueno como el de cualquiera y de que millones de personas no pueden estar equivocadas (y miles de moscas tampoco y comen m….).

Pues bien, coged unas palomitas y un refresco carbonatado con sabor a cola, sentaos en el sofá y disponeos a ver la siguiente película:

Imaginemos un plano secuencia a lo Brian de Palma, que comienza en una nevera typical american llena de Pepsis (e ingentes cantidades de alcohol) para la fiesta postgraduación de Read y su best friend Buddy.

“Read!!! Maldito aspirante a científico y acosador de animadoras…WTF are Pepsi doing in our nevera???” – “Venga Buddy, menos quejarse, si todos los refrescos de cola saben igual, ¡que más te da!

-“¡Eso no es verdad, Read! ¡Ya estás volviendo al Walmart a cambiar esas latas!

Pero Read Montague no fue al supermercado. Cogió sus latas y se fue al “Baylor College of Medicine” con un solo pensamiento en la cabeza: “Yo cambiaré tus Pepsis por Cocas, pero te juro que ésta te la guardo, Buddy. Y la venganza será muy dulce, casi tanto como la Coca no Light….(risa maléfica)”.

Cogió por banda a unos cuantos voluntarios amantes de los vasos que se regalan con el Happy Meal y les puso delante una Pepsi y una Coca cola, sin distintivo alguno. Debían elegir aquella que les gustase más.

El resultado fue transparente como el gintonic: No había correlación alguna entre la bebida elegida y la preferencia por alguna de las dos marcas de refrescos. Vaya, vaya, puede que miles de moscas sí estén equivocadas…

Pero, ante las quejas insistentes de los consumidores de Coca Cola con sobredosis de cafeína, Read realizó un segundo experimento: “Chicos, ya que os gusta tanto la Coca Cola os voy a poner una latita, pero además os voy a poner otra de una marca desconocida, por si ésta os gusta también”.

Ya habréis imaginado que en la maléfica mente de un investigador cabreado sólo cabe el engaño… Ambas latas contenían la misma marca, pero el 85 % de los participantes eligieron aquella que tenía el logotipo de los anuncios de televisión más ñoños de la historia.

Read empezaba a pensar que el marketing tenía mucho que decir en todo esto. Así que cogió lo que tenía a mano, un aparato de resonancia magnética y se dijo “a la tercera, la bebida”. El cerebro no engaña (y el algodón tampoco) y además, esos aparatejos tienen unas lucecitas tan monas… Observó la actividad cerebral de sus voluntarios participantes mientras bebían ambas marcas de refresco.

Cuando Read les mostraba el logotipo de Coca Cola antes de ingerir dicha bebida, su cerebro se iluminaba cual arbolito de navidad, cosa que no ocurría cuando se mostraba una imagen sin logotipo alguno. Ahora entiendo lo de la “Chispa de la vida”, te enciende el cerebro con sólo ver el logotipo…

Esto es, literalmente, lo que entendemos por un lavado de cerebro, sólo que con agua carbonatada y algún que otro ingrediente secreto.

¿Queréis saber cómo acabó la película? Buddy celebró su graduación con latas de Coca Cola rellenas de Pepsi y Read publicó un bonito artículo en la revista “Neuron”. Lo segundo es cierto, lo primero, me gustaría pensar que fue así. Apuesto una Pepsi a que muchos experimentos han empezado con una discusión trivial entre amigos. Total, no pierdo nada, yo soy de Coca…

Fuente: Montague, R., et al (2004). Neural correlates of behavioral preference for culturally familiar drinks. Neuron, 44, 379-87.

P.D.: Esta película está basada en hechos reales.

P.D. 2: Esta entrada es…: para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos, para los que ríen, para los optimistas, para los pesimistas, para los que juegan, para las familias…

El amor está a la vuelta de la esquina…¡de esa no, idiota!

Hoy mi horóscopo dice lo siguiente: “La Luna de Tauro y su Gran Trígono de Tierra favorecerá tu vida privada. Una íntima velada en casa podría mejorar mucho la relación con tu amor, tu gente y contigo misma. Tampoco lo tendrás mal en el trabajo aunque algunas cosas se retrasen, acabarás logrando tus objetivos”.

¡Es increíble! ¡Ha acertado en todo!

Es verdad que mi día de trabajo ha tenido retrasos en mis entregas pero he logrado mis objetivos. Es verdad que una íntima velada con mi pareja esta noche podría mejorar nuestra relación. Y doy por supuesto que la Luna de Tauro es vital en el funcionamiento de mi vida privada, aunque la presencia de un toro en la misma dé un poco de yuyu…

No sé si mi novio imaginario estará de acuerdo conmigo…

Obviando que mi velada íntima de esta noche va a ser con mi gata peluda… os pregunto: ¿por qué, incluso a pesar de no creer en el horóscopo, vemos tantas coincidencias con nuestra vida diaria?

Es muy sencillo. Es obvio que todos, seáis géminis o no, habéis dejado trabajo sin hacer hoy o pensáis que una cenita a la luz de las velas con Pac@ animaría esta noche de lunes…

Pero eso sólo es así a medias: también hay trabajo que habéis entregado a tiempo a vuestro insistente jefe (que fijo que es Tauro) y puede que a Pac@ le duela la cabeza…

Lo que está haciendo vuestro cerebro, gracias a su fea costumbre de ir a su bola, es utilizar una cosita llamada “Sesgo de confirmación”. Esto es, sólo se fija en aquellos datos e informaciones que corroboran su propia hipótesis.

Sólo me fijo en el trabajo que no he podido terminar y posiblemente termine pensando que mi gata estará más a gusto tras una cena romántica conmigo que cazando un puntero imaginario.

Pero, ¿qué ocurre con todo el trabajo que sí he acabado hoy? ¿y con la probabilidad de que cocine tan mal que intoxique a mi amor, mi gente y a mí misma?

Un sesgo es un pre-juicio, un atajo para tomar una decisión o forjarnos una opinión sobre algo, gastando el mínimo de recursos cognitivos.

Muy útil en algunos momentos, ya que nos sirve como regla general para enfrentarnos a ciertas situaciones, pero generalmente erróneo ya que no tiene en cuenta los datos objetivos.

Además de con situaciones horoscópicas, este bonito sesgo de confirmación despliega sus maléficas alas en otras situaciones, a veces con consecuencias nefastas.

Destacaré dos, las que más me afectan en el mundo personal y el laboral. Lo siento, se ve que hoy necesito confirmación…

1. Será z…zafia la tía…

“Mari me ha dicho que la del 4ºC es una criticona”. Ya está, plantada la semilla de la confirmación. A partir de entonces sólo voy a fijarme en los datos que confirmen la hipótesis de Mari. ¿Para qué fijarme en que la del 4º pasa el 99% de las reuniones de comunidad sin criticar a nadie? Si Mari lo dice, será verdad…

He aquí la base de nuestros prejuicios sociales, desoír la mitad de la información disponible. Y esto pasa con Mari, pero también con Hassan, con Walter Roberto o con el Jonathan y la Jessi.

2. Un tío guasón donde los haya…

La ciencia está llena de sesgos de confirmación. Todos queremos tener la razón y por eso, y por nuestro cerebro descerebrado, buscamos datos que confirmen nuestra hipótesis. Hasta Einstein nació con este sesgo bajo el brazo, fijo.

Pero como todo héroe tiene un antihéroe, una década después de que muriese Einstein, surgió un antihéroe, con una tarea debajo del brazo: Wason, y su tarea de selección.

He aquí el jueguito de Wason:

Mira estas cuatro cartas y responde: ¿A qué dos cartas le darías la vuelta para comprobar si es cierto que detrás de un número par se esconde un color rojo?

No, no… ni se te ocurra hacer eso que estás pensando… ¡Lucha! ¡Lucha contra ese cortex cerebral que quiere lanzarte por el Monte del Destino, perdón, de la confirmación!

Ainss, lo veía venir, le has dado la vuelta al 8 y a la carta roja…

Si no es así, bienvenido al mundo de los no-confirmatorios (al que no tengo el honor de pertenecer…).

Tanto en tareas wasonas como en la vida diaria y científica deberíamos levantar esa carta que puede tirar por tierra nuestra hipótesis: ese número impar que puede tener un color rojo detrás o esa carta marrón que puede tener un número par detrás.

Sea como fuere, guardemos un as en la manga, hagamos avanzar la ciencia y retroceder los prejuicios. Juntos podemos hacerlo. Lo confirmo.

Ser o no ser (inmoral), esa es la cuestión

Os propongo un ejercicio (dedicado a mis amigos bilbaínos, pero resoluble por humanos en general):

Imagina que estás cruzando el puente Zubi Zuri (intentando no resbalar con la lluvia…), en plena ría bilbaína, y ves aproximarse el tranvía (ese capricho inútil de nuestro querido alcalde…).

Viene desbocado, a una velocidad de 280 km/h (que no, que no soy de Bilbao…) y ves como se acerca sin remedio hacia cinco personas que cruzan tranquilamente por el paso de cebra más cercano.

A tu lado, en el puente, hay un guiri, un erasmus nórdico loco por el kalimotxo. He aquí el dilema: ¿tirarías al desconocido universitario sobre las vías salvando así a las cinco personas del paso de cebra o dejarías pasar de largo el tranvía, acabando así con cinco vidas?

Este ejemplo puede parecer una bilbainada, pero es, salvando las bromas, el dilema moral más utilizado entre los psicólogos dedicados al tema.

¿Qué has decidido hacer tú? ¿Has sacrificado a una persona para salvar a cinco? ¿No serías capaz de empujar a una persona a las vías aún sabiendo qué provocarías un bien mayor?

Si has respondido que sí a esto último, has hecho lo que hace la mayoría de la gente a la que se le plantea este dilema.

Este dilema moral, y muchos otros, ponen de relieve la importancia de la implicación personal en los actos que llevamos a cabo.

Empujar a una persona a las vías, aunque sea para salvar a cinco, implica una acción directa por nuestra parte, al contrario que dejar que cinco personas sean atropelladas. Lo impersonal gana a lo personal.

Los dilemas éticos que suponen una implicación personal dan lugar a una mayor actividad en las zonas del cerebro asociadas con la emoción y la cognición social.

Estas zonas se engloban en lo que llamamos el sistema límbico, donde nacen las emociones, los miedos, los instintos de supervivencia… Es nuestra área del cerebro más animal.

Desde una perspectiva evolutiva, las estructuras neuronales relacionadas con el comportamiento moral se han desarrollado y favorecido a partir de asociaciones entre las conductas instintivas y las emociones. Gracias a eso podemos tomar decisiones morales de forma casi instintiva en pro de nuestra supervivencia y la de nuestros semejantes.

Es duro afirmar que sólo actuamos moralmente por instinto.

¿Acaso no somos seres con libre albedrío? ¿No somos algo más que animales racionales? ¿Acaso no somos personas distintas, con distintas culturas, edades e idiosincrasias?

Si, lo somos, pero independientemente de nuestras personalidades, edades, culturas e incluso religiones, todos actuamos de forma similar ante dilemas morales.

No sólo eso… Párate a pensar, ¿por qué no has sido capaz de empujar al guiri a las vías a pesar de saber que salvarías a cinco personas? Sea cual sea tu respuesta, seguramente no encontrarás una explicación racional que justifique la decisión tomada.

En fin, amigos, simplificando: la supervivencia propia y la de nuestros semejantes rigen nuestras normas morales. Podemos llamarlo altruismo social o egoísmo de especie, como queráis. Yo prefiero pensar que somos buenos por naturaleza.

P.D. Ningún erasmus resultó herido mientras se escribía esta entrada.

P.D.2. Dedicado a mis ocho dilemas morales.

Fuente: Gazzaniga, M. S.(2006). El cerebro ético Madrid: Paidós.