Pues yo siempre saludo…

¿Qué tienen en común un ex, una dependienta del Corte Inglés y un psicópata? No, no me refiero a que los tres deberían extinguirse como los dinosaurios. Los tres tienen, como característica principal, su falta de empatía.

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Pero como no creo que las dependientas de grandes almacenes se merezcan una entrada en mi blog, hoy hablaré sobre los psicópatas.

Para ser el perfecto psicópata debes cumplir mis siguientes recomendaciones:

  1. Escribir 100 veces “No por mucho madrugar amanece más temprano” en una máquina de escribir
  2. Mirarte al espejo llevando una casaca militar mientras repites “¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mi?”
  3. Mantener a tu madre disecada en el sótano de tu casa y si es posible regentar un motel
  4. Comer siempre el hígado acompañado de habas y de un buen chianti

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Fuera bromas, las características propias de la psicopatía como el desprecio por los demás y por las normas sociales, la imposibilidad de planificar el futuro o la absoluta falta de remordimientos, se describen claramente en la biblia diagnóstica del psicólogo de a pie. Pero, ¿qué ocurre si rascamos bajo ese puñado de síntomas?

Como reza el dicho: comer y rascar todo es empezar. Y los psicólogos rascamos mucho, aunque no siempre donde pica. Pero hay una cosa que siempre nos pica y es el gran dilema de la psicopatología: ¿ambiente o genética?

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Hay dos frases que se repiten cuando en la tele entrevistan a los vecinos de un psicópata fugado: “Tuvo una infancia terrible” y “Siempre saludaba”.

La pregunta que me hice antes de rascar fue: ¿una infancia traumática justifica o determina cualquier conducta patológica? Yo no tuve una Play de pequeña y todavía no me he cargado a nadie…

Y, rascando, rascando, (y después de ir a comprarme una Play para acabar con mis traumas infantiles) me encontré con James Fallon, profesor de Neurobiología de la Universidad de California. A pesar de su carita de Hobbit que no ha robado nunca el anillo único, este investigador de renombre tiene a sus espaldas el extraño honor de pertenecer a una familia de psicópatas. Así que eludiendo el dicho “En casa del psicópata, cuchillo de goma”, se puso a investigar sobre la influencia genética en la psicopatía y su interacción con el ambiente.

250px-OFCY su deducción fue la siguiente: si quieres saber si tu vecino de al lado, ese que siempre saluda, es un psicópata, no le mires a los ojos, mírale justo encima. Vamos, en el cortex orbitofrontal.

Esta zona del cerebro, cómo he comentado otras veces, es la que más humanos nos hace. Y es precisamente la que los psicópatas tienen dañada. Blanco y en botella… También suelen mostrar daños en otras zonas como el lóbulo temporal o la amígdala, relacionadas directamente con las emociones.

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Pero entonces pensé: ¿Todo en esta vida se puede explicar por un daño cerebral? Parece que con presentar una foto de un cerebro con lucecitas esté todo explicado… Y si, puedo entender que si te explota una bomba ACME y te deja el orbitofrontal como un gruyer parezca que estás irremediablemente avocado a ser un coyote psicópata.

Había que rascar más… Así que después de acabar con algunos individuos virtuales en mi Play seguí con mi búsqueda del tesoro. Y como todos los tesoros, éste también estaba marcado con una X. Concretamente, con un cromosoma X.

Seguramente un ex, de esos carentes de empatía, diría que las mujeres somos malas. Y en esta ocasión, y alegando enajenación mental, voy a darles la razón.

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El cromosoma X de los psicópatas varones, que heredan de sus madres, es portador de un tipo de gen llamado MAO-A. Este gen por sí sólo no es determinante para acabar siendo un secundario con un mal corte de pelo en “No es país para viejos”, pero con un poco de ayuda hormonal quizá.

No, no es lo que estáis pensando. No es culpa de la testosterona, ni de la adrenalina… sino de la más inocente y querida hormona: la serotonina. Si es que los que parecen buenos terminan siendo los peores…

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Si la presencia del gen MAO-A se junta con un exceso de serotonina en el útero materno durante la gestación, el cerebro termina volviéndose insensible a esta hormona, el relajante natural por excelencia. ¿Acaso has visto algún psicópata que no se cuele en la cola del super? Ahí lo tienes, dichosa serotonina…

Y así es cómo se cocina un psicópata: se sazonan un puñado de genes con una pizca de serotonina, se añade algo de daño cerebral por aquí y por allá y se hornea todo en un ambiente hostil que haga que los genes se manifiesten a punto de nieve.

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Y ahora,  ¡todos a la mesa y a disfrutar!, como diría Hannibal Lecter.

P.D. Mejor no le dedico esta entrada a nadie…

DOCTOR, DOCTOR, ¿QUÉ PADEZCO? (I): Psicobiología de una enfermedad llamada amor

Que el rechazo amoroso provoca reducción de la tasa cardiaca y activa las mismas áreas del cerebro que el dolor físico ya lo sabemos (¿por qué será?…), pero, ¿qué más similitudes hay entre estar enamorado y estar enfermo? Tantas, que podemos afirmar que el amor es una enfermedad.

Obsesión, manía, insomnio, pérdida de apetito, depresión…no estamos hablando de problemas psicológicos, estamos hablando de estar enamorado.

Síntomas como el déficit de serotonina son comunes a enfermedades psiquiátricas como el trastorno obsesivo compulsivo (TOC, eso que tenía Jack Nicholson en “Mejor imposible”) y a despropósitos no reconocidos como el amor.

El déficit de serotonina provoca en nosotros (ya seamos TOCs o TONTOs) la desinhibición de actitudes y sentimientos que generalmente están controlados: el apetito (de alimento y sexual), el sueño, la ira, e incluso la temperatura corporal.

Frank Tallis, psicólogo clínico londinense, afirma que este déficit de serotonina responde a la simple necesidad de apareamiento (otro dato de lo básicos que podemos llegar a ser…). El amor se convierte así en la forma de evitar nuestros controles racionales que nos dicen “Como sigas mirando a esa vas a tener problemas…”, permitiendo que nuestra desinhibición (que no significa bailar cual lagartija epiléptica en un pub) nos lleve por el deseado camino de las relaciones sexuales consentidas.

Todos conocéis ya mi pasión por la oxitocina, gran amiga del Sr. “dónde está mi serotonina” y de Don “tengo menos testosterona que Sam Sagaz”, y recordareis también su importante papel en el amor.

En el amor romántico (y el paterno filial, incluida la mamá de Bambi) fomenta el apego o “vinculación afectiva intensa” (que a mí me recuerda a Glenn Close en Atracción Fatal…).

No está claro si la oxitocina es causa o efecto del enamoramiento. Donattella Marazziti, tortuga ninja del amor y psiquiatra en la Universidad de Pisa, propone que nuestro cerebro enamorado la produce para controlar el exceso de ansiedad y que además la envía a la amígdala (que nada tiene que ver con “Mami Star Wars”) para asegurar que continuemos enamorados y asumamos riesgos en nuestra relación. Pluriempleada está la pobre oxitocina.

No digo nada nuevo si recalco la importancia de las hormonas en el enamoramiento. Ya hemos hablado de la oxitocina, pero es evidente que cuando juntamos hormonas y amor nos viene a la cabeza una chica viendo “Algo para recordar” en un sofá con un helado de chocolate.

Los estrógenos tienen mucho que decir en el enamoramiento femenino, lo mismo que la testosterona en el masculino (pero ellos no ven ñoñículas, o al menos no lo reconocen…).

Hasta tal punto que los celos están dominados y controlados por estas dos hormonas tiranas. Un alto nivel de estrógenos provoca en ellas una reacción ante las otras féminas circundantes y un alto nivel de testosterona hace que ellos choquen sus cornamentas como ciervos.

Interesante la psicobiología del amor, al menos para mí (tipo desenamorado por naturaleza). Me quedo con ganas de contaros más, pero lo haré en otra ocasión, prometiendo, por una vez dejar de hablaros de neurotransmisores y hormonas. Porque me gusta pensar que no sólo somos animales presas de la jaula biológica, también somos seres humanos presos de nuestra psique.

Fuentes:
Cobey, K.D. et al (2010). Hormonal birth control use and relationship jealousy: Evidence for estrogen dosage effects. Personality and Individual Differences (online publication).

Marazziti, D. et al (2006). A relationship between oxytocin and anxiety in romantic attachment. Clinical Practice and Epidemiology in Mental Health, 2, 1-6.

Park, J.H., et al (2008). Sex-specific relationship between digit-ratio (2D:4D) and romantic jealousy. Personality and Individual Differences, 44, 1039-1045.

Tallis, F. (2005) Crazy for you. The Psychologist, 18, 72-74.